El problema de Sánchez ya no está en Feijóo: está en la ofensiva judicial
La legislatura vive atrapada en una paradoja. El PP mantiene una ofensiva diaria contra Pedro Sánchez, pero sigue sin disponer de una mayoría parlamentaria capaz de derribar al Gobierno. Feijóo puede agitar el Congreso, puede endurecer el discurso y puede convertir cada noticia judicial en munición política. Pero no puede presentar una alternativa viable sin Vox, y con Vox pierde buena parte del espacio que necesitaría para ampliar apoyos.
Ahí está el límite de su estrategia. La oposición hace ruido, pero no articula poder. No hay moción de censura posible, no hay mayoría alternativa clara y no hay un proyecto capaz de seducir a los socios que hoy sostienen al Gobierno.
El verdadero problema para Sánchez está en otro lugar: en los juzgados, en los informes policiales, en las filtraciones y en la capacidad de convertir cualquier diligencia en una condena pública anticipada. La política ya no se juega solo en el Parlamento. Se juega también en el terreno de la sospecha, donde basta una mención, una inferencia o una línea de informe para fabricar desgaste.
El riesgo para el Gobierno no es caer mañana. Es gobernar bajo una niebla permanente. Cada procedimiento, cada titular y cada declaración alimentan un clima donde la prueba importa menos que la percepción. Esa es la batalla central: no solo defender una legislatura, sino impedir que el proceso judicial sustituya al debate democrático.
Feijóo tiene un problema estructural: necesita a Vox para llegar al poder, pero Vox le impide parecer una alternativa de Estado. Por eso su ofensiva depende cada vez más del desgaste externo que de su propia capacidad política.
Sánchez, en cambio, resiste en el Congreso, pero se ve obligado a gobernar bajo presión reputacional constante. El adversario no es solo el PP. Es el ecosistema que convierte la sospecha en sentencia social.
Aquí la derecha no necesita demostrarlo todo. Le basta con embarrarlo todo.
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