Pedro Sánchez, aliado de EEUU pero sin vasallaje.


España puede ser amiga de Estados Unidos sin arrodillarse cada vez que Trump golpea la mesa, y eso es exactamente lo que está en juego cuando se habla de China, Gaza, la OTAN o Venezuela. Mientras Trump juega a sheriff del planeta, España empieza a decir que su política exterior no se escribe en la Casa Blanca, aunque siga pagando el alquiler de las bases de Rota y Morón.

España con criterio propio

España ha vetado el envío de armas de Estados Unidos a Israel mientras el ejército israelí arrasa Gaza, una decisión que rompe con décadas de obediencia silenciosa y que ha llevado a Washington a amenazar incluso con cerrar sus puertos a barcos españoles. A la vez, Trump utiliza Venezuela como escenario para exhibir músculo, hablar de “tutela” sobre un país soberano y mandar el mensaje de que ningún aliado puede salirse del carril sin pagar peaje.

​Aquí está la contradicción incómoda: España alberga bases clave para la maquinaria militar estadounidense, pero empieza a poner líneas rojas cuando esa maquinaria sirve para alimentar genocidios o intervenciones coloniales. No es pureza, es un país que descubre que también tiene rostro cuando se mira en el espejo del mundo.

​Aliado sí, sumiso no

Trump entiende la amistad como obediencia: o tragas con sus misiles en Venezuela, Gaza o donde toque, o te coloca en la lista de sospechosos. España, en cambio, empieza a responder que un buen aliado es quien dice la verdad cuando tu socio cruza líneas rojas, aunque eso incomode a la embajada.

Seguir en la OTAN, mantener acuerdos militares y, al mismo tiempo, vetar armas a Israel o cuestionar una operación en Venezuela no es incoherencia; es la mínima dignidad democrática exigible a un Estado que quiere mirarse a la cara. La pregunta no es si España será castigada por Trump, sino cuánto tiempo más aceptará que su política exterior se negocie entre amenazas comerciales, portaaviones y chantajes diplomáticos.

Europa, espejo y escudo

Mientras otros socios europeos agachan la cabeza y hablan de “estabilidad” para justificar cualquier barbaridad, España se está moviendo hacia un lugar incómodo pero necesario: el de quien recuerda que el derecho internacional no es un adorno. Eso refuerza la posición de una Europa que no puede seguir siendo comparsa de la política de fuerza made in Trump si quiere seguir hablando de derechos humanos sin sonrojarse.

​España necesita a Europa como escudo y como espejo: escudo para soportar las presiones de Washington, espejo para no caer en la tentación de limitarse al gesto y volver al seguidismo de siempre cuando se apaguen los focos. Un país que aspira a tener criterio propio no puede aceptar que su brújula moral dependa del humor de un presidente estadounidense.

​Elegir de qué lado de la historia

No hay neutralidad posible cuando se bombardea un país y se anuncia su “tutela” como si fuera un paquete turístico de posguerra. O estás del lado de quienes defienden la soberanía y el derecho internacional, o estás del lado de quienes llaman “paz” a lo que han dejado después de pasar con los cazabombarderos.

​España está empezando a elegir, y esa elección pasa por algo tan sencillo y tan radical como esto: ser amiga de Estados Unidos, sí, pero no cómplice de sus abusos. El resto es ruido, amenazas y portadas de quienes preferirían una España dócil, callada y agradecida por poder servir café en la base mientras otros deciden a quién le cae la próxima bomba.

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