Iglesia católica: del IRPF al superávit bendito. Negocio con Sotana.


En un Estado que se dice laico, la Iglesia católica encadena superávits, multiplica negocios inmobiliarios y financieros y sigue viviendo de la casilla del IRPF mientras el contribuyente paga la fiesta “sagrada”. 
No es fe, es un modelo de poder económico sostenido por el BOE

En España hay una verdad incómoda que se intenta esconder bajo capas de incienso: la Iglesia católica funciona como un holding inmobiliario y financiero apuntalado con dinero público en un Estado que se llama a sí mismo “aconfesional”. No es caridad, es negocio con sotana: inmuebles, fondos, entradas a monumentos y un flujo constante de recursos públicos que garantizan superávit mientras se recorta en sanidad, educación o vivienda.​  No hablamos de casos aislados, sino de un esquema legal y fiscal sostenido durante décadas

La casilla del IRPF es el truco perfecto del milagro contable: se presenta como “libertad de elección del contribuyente”, pero el dinero sale de los Presupuestos Generales del Estado, es decir, de todos. Año tras año, la X de la Iglesia garantiza cientos de millones para una estructura que acumula patrimonio, gana dinero con él y, aun así, reclama privilegios fiscales y exenciones que ningún otro actor económico disfruta.​

Mientras se habla de templos y espiritualidad, la realidad son memorias económicas llenas de partidas opacas, “ingresos extraordinarios”, ventas de patrimonio y negocios turísticos alrededor de miles de bienes de interés cultural registrados a nombre de la Iglesia. Un entramado patrimonial levantado también sobre décadas de inmatriculaciones masivas, aprovechando leyes hechas a medida, que han permitido inscribir a su nombre desde ermitas hasta plazas y edificios históricos de enorme valor económico.​

Esto no es una anécdota: es un modelo de financiación paralela, blindado por acuerdos con la Santa Sede que deberían estar en el museo de los privilegios preconstitucionales. Se

prometió autofinanciación, pero lo único que se ha autofinanciado es la brecha entre lo que predican y lo que ingresan: superávits que no regresan a lo público y una estructura que opera de facto como una gran corporación exenta de las reglas del mercado y de los controles del Estado.​

Hablar de laicidad sin tocar la casilla del IRPF y el monstruo inmobiliario de la Iglesia católica es pura decoración institucional. Un Estado verdaderamente laico no puede seguir financiando, por vía fiscal y patrimonial, negocios privados envueltos en liturgia mientras se exige austeridad a quien no tiene ni altar ni paraíso fiscal.​

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