Cuando la socialdemocracia dejó de luchar.
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declive profundo, estructural y probablemente irreversible. No se trata de una mala racha electoral, sino de una crisis de sentido.
De transformar a administrar
El primer factor clave es la renuncia ideológica. Desde los años noventa, la socialdemocracia abandonó la confrontación con el capital y abrazó la lógica del “no hay alternativa”
. Partidos como el PSOE, el SPD o el Labour Party aceptaron las reglas del neoliberalismo: privatizaciones, desregulación, disciplina fiscal y subordinación a los mercados financieros.
Al hacerlo, dejaron de ser herramientas de transformación para convertirse en gestores amables del mismo sistema que dicen corregir. El resultado ha sido devastador: sus votantes tradicionales ya no los perciben como defensores de sus intereses.
De liderazgo político a personalismos vacíos
A la renuncia ideológica se suma otro fenómeno corrosivo: la sustitución del liderazgo colectivo por el personalismo. Incapaz de ofrecer un proyecto transformador, la socialdemocracia ha apostado por figuras individuales, campañas hipermediatizadas y relatos centrados en la personalidad del líder antes que en el contenido político.
En lugar de construir organizaciones fuertes, con cuadros, debate interno y arraigo social, se ha optado por liderazgos frágiles, intercambiables y dependientes del marketing. Cuando el programa es débil, el rostro intenta compensarlo. Y cuando ese rostro se desgasta, no queda nada detrás.
Este personalismo no fortalece a la socialdemocracia: la vacía. Reduce la política a un ejercicio de comunicación, desactiva la militancia y convierte a los partidos en maquinarias electorales sin base social.
La ruptura con la clase trabajadora
La consecuencia directa es una desconexión total con la clase trabajadora. La socialdemocracia ya no habla el lenguaje del trabajo, sino el de las élites tecnocráticas. Sustituyó el conflicto social por la “gobernanza”, y la lucha de clases por la “estabilidad”.
Mientras los salarios se estancaban, la precariedad crecía y la vivienda se volvía inaccesible, estos partidos ofrecieron relatos personalizados y retórica progresista sin redistribución real. El vacío ha sido ocupado por la abstención y por una extrema derecha que explota el malestar con discursos identitarios.
Romper el consenso neoliberal: condición necesaria para sobrevivir
Aquí se sitúa el núcleo del problema. La socialdemocracia no puede renovarse sin romper explícitamente con el consenso neoliberal que ella misma ayudó a construir. Mientras acepte límites fiscales arbitrarios, renuncie a la soberanía económica y descarte la intervención pública como herramienta legítima, seguirá atrapada en una contradicción insoluble.
Romper ese consenso implica recuperar el control sobre sectores estratégicos, redistribuir poder y riqueza, y asumir que el conflicto con las élites económicas no es un error, sino la esencia misma de la política. Sin esa ruptura, cualquier liderazgo —por carismático que sea— queda reducido a puro decorado.
Progresismo cultural sin poder material
Otro elemento clave es el desacople entre lo cultural y lo económico. La socialdemocracia ha abrazado causas justas —igualdad de género, diversidad, derechos civiles— pero las ha separado de una política económica redistributiva. Para amplias capas populares, esto se percibe como un progresismo moral pero impotente, incapaz de mejorar sus condiciones materiales.
¿Tiene salida?
La respuesta incómoda es que probablemente no, al menos en su forma actual. Sin ruptura económica, sin liderazgo colectivo y sin proyecto de clase, la socialdemocracia seguirá deslizándose hacia la irrelevancia.
La historia no castiga a quienes pierden elecciones, sino a quienes dejan de representar algo.
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