El fin de la guerra con Irán abre una pelea en la Casa Blanca.


Dentro del entorno de Trump ya no hay una sola línea sobre Irán. Hay tres. Unos quieren declarar una victoria limitada y cerrar cuanto antes para evitar que la gasolina y el petróleo le pasen factura electoral. Otros empujan para mantener la presión militar. Y una parte del trumpismo empieza a temer lo más viejo y lo más peligroso: quedar atrapados en otra guerra larga en Oriente Medio.

Analistas internacionales coinciden en que el problema ya no es solo militar. Es político y económico. Si el conflicto dispara más los precios de la energía, el coste interno para Trump puede ser mayor que cualquier rédito de fuerza exterior. Por eso algunos le presionan para vender la operación como una campaña limitada, casi concluida y con objetivos cumplidos.

Pero ahí aparece la grieta de fondo. Trump empezó hablando en términos amplios y después pasó a presentar la guerra como algo acotado. Ha querido parecer duro sin asumir del todo lo que implica una guerra abierta. El resultado es el habitual: mensajes cambiantes, incertidumbre creciente y una sensación de improvisación que debilita el relato.

EE. UU. e Israel han golpeado duro a Irán. Pero la respuesta iraní sobre el tráfico petrolero en el Golfo y el estrecho de Ormuz ha encarecido la salida. Y cuando una guerra empieza a notarse en el surtidor, deja de ser una operación exterior. Se convierte en un problema doméstico.

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