De Groenlandia a Ucrania: los tuertos de Europa prometen cosas que no pueden cumplir
Europa se vende como potencia seria, responsable y dispuesta a defender la “paz justa” en Ucrania, pero el cuadro real se parece más a un continente gobernado por tuertos que tropiezan con su propia propaganda. Entre cumbres solemnes, comunicados interminables y grandes palabras sobre seguridad colectiva, la distancia entre lo que prometen y lo que realmente pueden hacer no deja de crecer.
Dos Europas que no encajan
Dos Europas que conviven en los mismos periódicos sin pudor. En una página se celebra el acuerdo de París, con garantías de seguridad para Ucrania, refuerzo del apoyo militar y compromiso de “no abandonar” a Kiev; en la siguiente, analistas y militares reconocen que la UE no podría defender ni siquiera su propio suelo frente a un pulso directo de Estados Unidos por Groenlandia o por los recursos de Canadá.
Los tuertos de Europa presumen de rearme, pero delegan el verdadero poder duro en Washington, que aporta paraguas nuclear, inteligencia y capacidad industrial mientras las capitales europeas compiten por la mejor foto. El canciller alemán Friedrich Merz habla de asumir la seguridad del continente, pero aclara que sus soldados no pondrán un pie en Ucrania y se quedarán en países vecinos, confirmando que la “valentía” se mide siempre a distancia.
Retórica de paz, negocio de guerra
Mientras se repite el mantra de la “paz justa”, los hechos apuntan a otra cosa: seguir alimentando una guerra de desgaste que erosiona a Rusia, disciplina a Europa y reordena el mapa energético y militar del continente. Se envían armas, se entrenan tropas en territorio europeo y se multiplican los contratos de defensa, al tiempo que se descarta cualquier plan serio de seguridad compartida que incluya a Moscú.
El caso canadiense es especialmente revelador: un país que firma compromisos de seguridad para Ucrania mientras sus propios medios reconocen que no podría defender sus recursos estratégicos de un eventual ataque de su aliado estadounidense. La imagen final es la de unos tuertos que juegan a estrategas globales, proclaman líneas rojas a miles de kilómetros y, sin embargo, nunca miran de frente la única pregunta incómoda: qué están dispuestos a arriesgar realmente cuando la guerra deja de ser una pantalla lejana y empieza a pasar por casa.
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