El portaaviones Fujian, otro episodio del desgaste progresivo del liderazgo estadounidense
El fin de la exclusividad tecnológica
El Fujian representa un salto cualitativo para la marina china, especialmente por su sistema de lanzamiento electromagnético, una tecnología que hasta hace poco funcionaba como monopolio simbólico de Washington. El simple hecho de que China compita en este terreno evidencia que la supremacía tecnológica estadounidense ya no es incuestionable. No se trata de una victoria definitiva china, sino de la pérdida de una ventaja estructural clave por parte de Estados Unidos.
La energía nuclear juega aquí un papel central. La apuesta china por este modelo no responde únicamente a razones energéticas o climáticas, sino a una estrategia geopolítica integrada. Mientras Estados Unidos arrastra retrasos, sobrecostes y bloqueos políticos en su propio sector nuclear, China avanza con planificación centralizada, conectando industria, energía y poder militar. Esta diferencia debilita uno de los pilares históricos de la hegemonía estadounidense: su capacidad para convertir innovación tecnológica en dominio sostenido.
Militarismo sin hegemonía
Más allá de su rendimiento real, el Fujian golpea el relato de supremacía naval estadounidense. Durante décadas, los portaaviones de Estados Unidos funcionaron como símbolos incuestionables de poder global. Hoy, ese símbolo ya no es exclusivo. La reacción estadounidense —minimizar el avance chino o exagerar sus fallos— revela inseguridad. Cuando una hegemonía necesita convencerse de que su rival aún no está preparado, es porque ya no controla la narrativa.
El error habitual es presentar estos procesos como el “ascenso imparable” de China. En realidad, son inseparables del agotamiento del modelo estadounidense: desindustrialización, polarización política, infraestructuras obsoletas y un complejo militar-industrial cada vez más caro y menos eficiente. China no necesita ser perfecta; le basta con avanzar mientras Estados Unidos se estanca.
Estados Unidos mantiene una maquinaria militar gigantesca, pero cada vez menos capaz de imponer orden político global. Más gasto militar no garantiza más influencia. El poder duro ya no compensa la pérdida de legitimidad ni la incapacidad de articular un proyecto global coherente.
Reconocer este desgaste no implica idealizar a China. Sustituir una hegemonía por otra no es emancipación. La multipolaridad no es automáticamente más justa; puede ser simplemente más inestable y más militarizada. El Fujian no es una amenaza aislada, sino una señal más de que el siglo estadounidense se desvanece por acumulación de límites, no por una derrota puntual.
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