Europa: Poder, amenaza y vértigo


El llamado plan económico de defensa europeo no surge de la nada ni pertenece al terreno de la especulación marginal. Se apoya en un informe de Deutsche Bank y parte de una premisa tan simple como inquietante: Europa posee una parte sustancial del andamiaje financiero que sostiene a Estados Unidos. Y, en teoría, podría hacerlo tambalear.

El mecanismo: tocar el nervio expuesto del poder estadounidense

La estrategia consistiría en una venta masiva o una reducción coordinada de bonos del Tesoro estadounidense y otros activos financieros de EE. UU. en manos de países como Reino Unido, Francia, Alemania, Países Bajos y los países nórdicos. No se trata de una presión simbólica: hablamos de volúmenes capaces de alterar el equilibrio global de capitales.

Las consecuencias serían inmediatas y sistémicas:
– fuerte subida de los tipos de interés,
– debilitamiento del dólar,
– desplome bursátil en Wall Street,
– y una tensión extrema en la financiación del déficit estadounidense.

Economistas como Brad Setser han advertido que una maniobra de este tipo desencadenaría una ola de ventas difícil de contener. El gran límite del plan es estructural: la Unión Europea carece de instrumentos directos para coordinar fondos privados, aseguradoras y grandes bancos, actores clave en esta ecuación.

Del conflicto comercial a la guerra financiera

El contexto no es neutral. La iniciativa se plantea como respuesta a amenazas de aranceles del 10–25 % y presiones geopolíticas abiertas por parte de Donald Trump, incluidas reclamaciones territoriales tan simbólicas como estratégicas. El mensaje implícito es claro: cuando la guerra comercial no basta, se contempla el frente financiero.

Sin embargo, esta escalada tiene un reverso devastador. Una ofensiva de este calibre supondría pérdidas masivas para la propia Europa: hundimiento de carteras, crisis bancaria, contracción del crédito y riesgo real de recesión profunda. El arma funciona, pero no distingue entre enemigo y usuario.

Medidas alternativas: insuficientes pero menos autodestructivas

Bruselas prepara respuestas más contenidas:
– aranceles por valor de 93.000 millones de euros,
– restricciones regulatorias a empresas estadounidenses,
– límites de acceso a sectores estratégicos.

El problema es que, en términos de poder sistémico, estas medidas apenas rozan el núcleo de la hegemonía estadounidense. Frente a ellas, el verdadero punto débil de EE. UU. sigue siendo su dependencia estructural del capital extranjero.

A este escenario se suman factores externos de alto riesgo: el carry trade japonés, la volatilidad de los bonos nipones y la posibilidad de un efecto contagio global. Cualquier movimiento brusco podría actuar como detonante de una crisis financiera internacional.

La conclusión incómoda

Europa posee, sobre el papel, la capacidad de infligir un daño severo a Estados Unidos. Pero ejercerla implicaría admitir que el sistema financiero global es una trampa compartida, diseñada para impedir que nadie pueda atacar sin autolesionarse.

No estamos ante una estrategia de defensa clásica, sino ante una prueba de la fragilidad del orden económico occidental. Si el equilibrio solo se mantiene porque nadie se atreve a romperlo, entonces la hegemonía ya no se sostiene por fortaleza, sino por miedo al colapso mutuo.

#Europa #Economia


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