Iran: Israel, Trump y los ayatolás: una crisis hecha para explotar.


Irán arde y Trump huele la gasolina. Lo que empezó como un estallido por la miseria cotidiana y la asfixia económica se ha convertido en el mayor desafío político al régimen de los ayatolás desde 2009, mientras en Washington un presidente convencido de su papel providencial mira las calles de Teherán como una pantalla más de su campaña permanente.

​Las protestas no las ha inventado la Casa Blanca: nacen del desplome del rial, la corrupción sistémica y una teocracia incapaz de ofrecer futuro a una sociedad joven, urbana y conectada. Pero, en política internacional, quien pone el marco se queda con media victoria, y ahí el régimen juega su carta favorita: culpar a Estados Unidos e Israel para tapar el cuestionamiento interno, mientras Trump le regala munición cada vez que amenaza con “golpes masivos” si Teherán sigue matando manifestantes.

Trump, libertad con portaaviones

El actual presidente estadounidense se presenta como defensor de la libertad iraní mientras el Pentágono le pone sobre la mesa opciones para atacar instalaciones militares y estratégicas de la República Islámica. En sus declaraciones, combina el apoyo a los manifestantes con advertencias de “consecuencias devastadoras” para el régimen, un lenguaje que moviliza a sus bases internas pero que, en Teherán, sirve para cerrar filas en torno a la Guardia Revolucionaria y justificar más represión en nombre de la resistencia nacional.

​Israel vive estas semanas con una mezcla de oportunidad y pánico: un régimen iraní debilitado es un sueño estratégico, pero cualquier ataque estadounidense abre la puerta a represalias contra su territorio y contra sus aliados en la región. Presiona para una línea dura que contenga a Irán, pero teme un incendio regional que termine reforzando a los halcones en Teherán y consolidando la lógica de guerra permanente que tanto dice combatir.

Irán entre la calle y los misiles

Trump lee las imágenes de las manifestaciones como un remake del “momento Reagan” frente a la URSS, una oportunidad para posar como campeón de la libertad a base de sanciones, amenazas y, quizá, misiles. El problema es que Irán no es un decorado para la política doméstica estadounidense: un error de cálculo puede transformar una revuelta plural y orgánica en una guerra por delegación donde los primeros sacrificados sean precisamente aquellos a los que se dice apoyar.

​Si el régimen cae o se fractura, nadie en Washington ni en Jerusalén tiene una respuesta clara para la pregunta central: ¿qué Irán emerge de las ruinas? Un país realmente soberano y plural, resultado de una lucha interna, o un Estado percibido como rehén de agendas externas. Esa es la trampa estratégica: confundir apoyo a la emancipación de un pueblo con la tentación de tutelarlo, como siempre,  a golpe de portaaviones.

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