María Pilar Alegría no es Agustina de Aragón
Agustina de Aragón no fue un símbolo porque obedeciera órdenes, sino porque las desobedeció cuando el poder central era incapaz de defender la tierra. No pidió permiso, no esperó consignas y no actuó como pieza intercambiable. Representó resistencia, no disciplina.
De la resistencia al peón político
María Pilar Alegría representa exactamente lo contrario. Su trayectoria política no nace del conflicto aragonés ni de la defensa del territorio frente al poder central, sino de su integración plena en la lógica del aparato estatal del PSOE. Su capital político no procede de Aragón, sino de Madrid. No responde a una base social propia, sino a una cadena de lealtades verticales.
Eso la convierte, más que en una líder territorial, en una figura funcional: útil mientras encaja en la estrategia de Pedro Sánchez y prescindible en cuanto deje de hacerlo.
Aragón como escenario secundario
Agustina defendió Zaragoza porque no había otro lugar desde el que hacerlo. Hoy, Aragón vuelve a ser tratado como escenario secundario de una estrategia que se decide lejos, con prioridades ajenas y tiempos impuestos desde arriba.
La candidatura de Alegría no surge de un debate interno potente, ni de una movilización social, ni de una necesidad política aragonesa. Surge de una decisión de aparato. Y cuando las decisiones se toman así, el territorio no lidera: obedece.Sin conflicto no hay política
La política progresista no avanza sin conflicto. Defender derechos, territorio y servicios públicos implica incomodar, presionar y, llegado el caso, enfrentarse al propio partido. Agustina fue incómoda para el poder de su tiempo. María Pilar Alegría, en cambio, ha construido su carrera evitando cualquier fricción real con el núcleo del poder socialista.
No hay confrontación con Madrid, no hay discurso propio sobre despoblación, financiación o desequilibrio territorial. Hay gestión del mensaje, prudencia calculada y alineamiento permanente.
El problema no es personal, es estructural
No se trata de exigir heroísmo ni gestos épicos. Se trata de algo mucho más básico: liderazgo con autonomía. Sin ella, cualquier candidatura está condenada a ser utilizada y, llegado el momento, sacrificada sin coste para quien realmente manda.
Agustina de Aragón no fue un peón. Por eso pasó a la historia. María Pilar Alegría, tal y como está planteada su candidatura, corre el riesgo de ser exactamente eso: una pieza sustituible en una partida que no se juega en Aragón.
Cuando el progresismo olvida la rebeldía
Un proyecto progresista que renuncia a la rebeldía territorial se convierte en mera gestión del poder existente. Y cuando eso ocurre, la política deja de transformar para limitarse a administrar.
Aragón no necesita símbolos vacíos ni candidaturas obedientes. Necesita voces propias, incómodas si hace falta, capaces de decir no incluso a los suyos. Todo lo demás es folclore institucional disfrazado de liderazgo.
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