Julio Iglesias: Soy un truhán… soy un presunto agresor.



Julio Iglesias ya no es solo el crooner de fondo en las cenas de los abuelos: es el símbolo perfecto de un país que convirtió el machismo, el clasismo y la impunidad en banda sonora oficial. Soy un truhán, soy un señor, cantaba; las últimas investigaciones periodísticas añaden el verso que faltaba: soy un presunto agresor, blindado por el dinero, el silencio comprado y un sistema que siempre ampara al de arriba.

​El ídolo del franquismo eterno

Hijo de “niño mimado” del franquismo, criado en una familia de derechas bien insertada en el régimen, Julio nunca desentonó con el orden establecido: él puso la voz, otros ponían la porra.

Uno de sus biógrafos lo define como “un señor de derechas” al que le encanta “españolear”, es decir, vender patria de postal mientras vive a miles de kilómetros del BOE y de los sueldos mileuristas.

En los 90 fue reclamo de lujo del PP de Aznar, llenando mítines y proclamando que sería un presidente excelente, todo envuelto en aquella estética de España bienpensante, traje planchado y mano dura para los de siempre. Esa alianza entre balada y neoliberalismo cañí ayudó a lavar la cara a una derecha que venía con herencias muy poco democráticas.​

Truhán, señor… y patrón

Las extrabajadoras de sus mansiones relatan un ambiente de control, humillación y abuso de poder que encaja demasiado bien con la cultura de la servidumbre de toda la vida: ellas como cuerpo disponible, él como amo intocable. No hablan de un desliz, sino de tocamientos no consentidos, presiones sexuales y un clima de terror laboral que recuerda más a un cortijo caribeño que a la imagen de “latin lover” que se vende en platós y homenajes.​

Mientras tanto, la maquinaria mediática conservadora se apresura a hablar de “excesos del #MeToo” o de “juicios paralelos”, la misma cantinela con la que la ultraderecha blanquea cualquier denuncia de violencia machista. El patrón es claro: cuando cae un ídolo del viejo régimen, se cierran filas, se señala a las víctimas y se convierte la denuncia en ataque a España.​

La banda sonora de la ultraderecha

Julio Iglesias lleva décadas siendo el hilo musical de esa España que presume de orden, familia y propiedad privada, mientras mira hacia otro lado ante abusos, evasiones fiscales y amistades peligrosas en la cúspide del poder. Sus elogios a líderes conservadores, su proximidad al poder económico y político y su figura de macho alfa global encajan como un guante en el imaginario reaccionario que hoy recicla la ultraderecha entre banderas y nostalgia.​

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