Minneapolis: cuando el Estado dispara primero y pregunta después. Trump debe irse.


En Minneapolis, otra vez, agentes federales han respondido con balas. Otra persona abatida en plena calle bajo el pretexto de la seguridad. Otra versión oficial que intenta cerrar el caso antes de que empiece el debate. No es un error aislado: es el modelo funcionando como fue diseñado.

Balas como política pública

Un nuevo tiroteo protagonizado por agentes federales en Minnesota vuelve a mostrar una verdad incómoda: cuando el Estado se siente impune, dispara. No hay sorpresa ni excepcionalidad. Hay repetición, rutina y blindaje institucional. No es un fallo del sistema, es su funcionamiento normal.

La violencia federal convertida en rutina

Minneapolis se ha convertido en un laboratorio de la seguridad militarizada. Redadas, operativos opacos y uso letal de la fuerza forman parte del paisaje cotidiano. Las autoridades hablan de “incidentes”, pero la acumulación de casos apunta a una estrategia clara: ampliar el margen de violencia del Estado sin rendición de cuentas real.

Cada nuevo tiroteo se presenta como defensa propia. Cada investigación se ralentiza. Cada protesta se criminaliza. El mensaje es inequívoco: el poder dispara y luego construye el relato.

La impunidad no es un exceso, es el método

La respuesta institucional no busca esclarecer lo ocurrido, sino cerrar filas. Versiones contradictorias, falta de transparencia y un aparato federal que se investiga a sí mismo. La prioridad no es la vida perdida, sino proteger a quienes aprietan el gatillo.

Aquí no hay tecnicismos que valgan. Cuando un Estado normaliza el uso de la fuerza letal contra civiles, lo que está en juego no es la seguridad, sino el control. No es una excepción estadounidense: es la lógica del poder cuando no encuentra límites.


Conclusión incómoda: no es el agente, es el sistema

Minnesota no es un caso aislado ni un error trágico. Es una advertencia. Un Estado que se acostumbra a disparar contra su propia población no se vuelve más seguro, se vuelve más autoritario. Cada bala disparada sin consecuencias erosiona un poco más cualquier discurso democrático.

No se trata de un agente concreto ni de una mala noche. Se trata de un modelo que acepta víctimas colaterales como precio asumible. Y mientras eso no se cuestione de raíz, el próximo tiroteo no será una posibilidad: será una certeza.

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