Por qué la Unión Europea sigue sin poder defenderse sola?
Europa ha empezado 2026 descubriendo que su famosa “autonomía estratégica” era, en realidad, un estado de ánimo. Estados Unidos ha bombardeado Venezuela y ha capturado a Nicolás Maduro como quien ejecuta un corolario improvisado de la doctrina Monroe en horario de máxima audiencia. Al mismo tiempo, el giro ruso de la presidencia de Trump y las negociaciones directas con Moscú sobre Ucrania han dejado a la Unión Europea reducida al papel de espectadora en su propio vecindario de seguridad.
El corolario Trump a la doctrina Monroe
Lo perturbador no es solo la operación militar contra Venezuela, sino el mensaje político que encierra: Washington hace y deshace en su “hemisferio” sin consultas ni matices, y convierte sus garantías de seguridad en un instrumento explícito de presión. La misma mano que hoy captura a Maduro es la que mañana puede condicionar, con la palanca nuclear y presupuestaria, cada decisión europea en materia de defensa.
Autonomía estratégica de cartón piedra
Europa, mientras tanto, sigue instalando palabras donde debería instalar capacidades. Habla de “brújula estratégica”, de “capacidad de despliegue rápido” y de “soberanía de defensa”, pero entra en 2026 con la incómoda sospecha de que sus instrumentos siguen siendo más simbólicos que efectivos. Una fuerza de 5.000 soldados puede ser útil para evacuar civiles o responder a crisis limitadas; no basta para equilibrar el tablero cuando Trump y Putin redibujan las líneas rojas en Ucrania y más allá.
El precio político de defenderse
La cuestión de fondo es si los europeos están dispuestos a pagar el precio de defender sus propios intereses cuando chocan con los de Washington. Eso significa asumir costes políticos, financieros y diplomáticos: aumentar de forma sostenida el gasto en defensa, coordinar verdaderamente los presupuestos nacionales y aceptar que la disuasión franco‑británica deje de ser un tabú en el debate público. No es una discusión cómoda, pero la alternativa es conocida: resignación estratégica.
Dependencia perpetua o decisión existencial
Porque la otra opción ya está sobre la mesa y tiene nombre: dependencia perpetua. Una Europa que subcontrata su seguridad a Estados Unidos acepta, en la práctica, que las grandes decisiones sobre guerra, paz y presión nuclear se tomen fuera de sus instituciones. En ese escenario, la Unión puede seguir aprobando documentos brillantes, pero su papel será el de comentarista de lujo del orden internacional.
En 2026, la verdadera línea de fractura no discurre entre halcones y palomas, sino entre quienes entienden que la defensa europea es una decisión existencial y quienes siguen viéndola como un suplemento opcional del mercado único. El continente está atenazado, sí, pero la pinza ya no es solo Trump y Putin: también es la inercia de unas élites que confunden la gestión del statu quo con una estrategia.
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