Cuando la izquierda deja de ser alternativa, la ultraderecha ocupa su lugar


Durante años se nos ha repetido el eslogan: “la culpa del auge de la ultraderecha es de la izquierda, por ir demasiado lejos”. Es un relato cómodo para quienes han gobernado el sistema y necesitan un chivo expiatorio: en vez de preguntarse qué ha fallado en décadas de neoliberalismo, se señala al único actor que, al menos en teoría, debería cuestionarlo. El problema es que ese relato no solo es falso; además, sirve para seguir abriendo camino a la ultraderecha.


Si algo ha quedado claro en la última década, en España y fuera de España, es que la ultraderecha no crece porque la izquierda sea demasiado radical, sino porque ha dejado de ser alternativa. Cuando partidos que nacieron para transformar aceptan como dogma los recortes, las privatizaciones, la disciplina de Bruselas o la lógica del mercado, su identidad se disuelve y su base social se frustra. El PSOE es solo un ejemplo, quizá el más visible: atrapado entre su electorado y los poderes económicos, incapaz de confrontar de verdad con el neoliberalismo, acaba convirtiéndose en gestor de consensos ajenos.


En ese vacío prosperan los monstruos. Cuando la izquierda se dedica a gestionar lo existente, la única retórica que parece desafiar al sistema queda en manos de la ultraderecha. Not porque sea realmente antiestablishment, sino porque imita sus códigos: rabia, desafío, lenguaje llano, apelación al pueblo contra “las élites progres”. El resultado es perverso: quienes han hecho carrera política defendiendo proyectos autoritarios, racistas y profundamente regresivos pueden disfrazarse ahora de voz del pueblo indignado.

Chile es una advertencia que debería leerse en todas las sedes de la socialdemocracia europea. Tras el estallido social, el proceso constituyente y la expectativa de un nuevo pacto para las mayorías, la derrota de la izquierda y el ascenso de líderes ultraderechistas como Kast no cayeron del cielo. Llegaron sobre un terreno sembrado de frustración y promesas incumplidas, que un heredero político del pinochetismo supo explotar con un discurso de orden, mano dura y nostalgia autoritaria. No es que la gente se levantara un día convertida en reaccionaria: es que muchos dejaron de creer que el cambio fuera posible por la vía democrática y progresista.

En este guion, los medios de comunicación juegan un papel central. Siempre exigen a la izquierda “responsabilidad” y “moderación”, pero casi nunca le ponen ese espejo delante a la ultraderecha. Mientras una tertulia tras otra pide a los gobiernos progresistas que “no se radicalicen”, los mismos platós se llenan de voces que normalizan discursos xenófobos, autoritarios o abiertamente reaccionarios, tratados como una opción política más. La pregunta “¿tiene la culpa la izquierda del auge de la ultraderecha?” no busca comprender nada: busca culpables convenientes para exonerar a quienes han convertido la precariedad en norma y la desigualdad en paisaje.

La responsabilidad de la izquierda, cuando existe, no está en ser demasiado “roja”, sino en haber sido demasiado obediente. En asumir que su tarea era gestionar las ruinas del modelo neoliberal con algún parche social, en vez de disputar el poder económico y mediático que lo sostiene. Una izquierda que pide perdón por existir, que se avergüenza de decir “clase”, “pueblo” o “conflicto”, no frena a la ultraderecha: la alimenta. Porque deja sin representación política a quienes más sufren, y esos sectores o se abstienen o buscan respuestas en quienes les hablan, aunque sea para conducirlos contra los de siempre: migrantes, feministas, pobres.

Por eso la salida no puede ser otra ronda de moderación, renuncias y gestos “responsables” para tranquilizar a los mismos actores que aplauden cada avance reaccionario. Si la izquierda quiere frenar a la ultraderecha, tiene que hacer justo lo contrario de lo que le recomiendan los editoriales: dejar de pedir permiso. Volver a unir democracia con seguridad material, disputar el sentido común, señalar sin rodeos a los que mandan sin presentarse a las elecciones y construir poder social y mediático propio. Cuando eso ocurre, la ultraderecha deja de parecer una alternativa “valiente” y se ve con claridad lo que siempre ha sido: la última trinchera de los privilegiados, envuelta en banderas para que no se note demasiado.
#PSOE #PODEMOS #SUMAR

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