Infantino (FIFA) es un tipejo de gustos caros y de ideas chungas.
Y no es una frase efectista: es un diagnóstico que se confirma cada vez que abre la boca.
Esta semana ha defendido que los equipos rusos vuelvan a competir internacionalmente, como si la guerra de Ucrania fuese un malentendido administrativo y no una invasión con miles de muertos. Lo ha dicho con ese tono neutro, tecnocrático, casi condescendiente, con el que algunos creen que la moral se puede aparcar cuando estorba al negocio.
El fútbol como coartada
Infantino siempre se presenta como un hombre de consenso, alguien que “une” a través del fútbol. Pero esa retórica se cae a pedazos cuando uno mira a quién beneficia realmente su neutralidad. Porque no es neutral permitir que Rusia vuelva al escaparate deportivo mientras sigue bombardeando ciudades. Eso es tomar partido, aunque se disfrace de sentido común.
El fútbol, en su boca, deja de ser un espacio simbólico para convertirse en una coartada perfecta: no hablamos de política, hablamos de deporte. Y mientras tanto, se blanquea a un régimen agresor en nombre de la normalidad competitiva.
Lujo arriba, cinismo abajo
Infantino encarna como pocos esa élite global que vive desconectada de las consecuencias reales de sus decisiones. Hoteles de cinco estrellas, relojes imposibles, palcos VIP y discursos sobre “diálogo” pronunciados desde una burbuja de privilegio. Desde ahí, la guerra parece lejana, abstracta, casi incómoda.
Por eso sus palabras indignan tanto. No solo por lo que dicen, sino por desde dónde se dicen. Porque no es lo mismo pedir reconciliación desde una ciudad bombardeada que desde la presidencia de la FIFA.
Cuando el dinero manda más que los valores
La FIFA lleva años demostrando que su brújula moral apunta siempre al mismo sitio: donde está el dinero. Pasó con Catar, pasa ahora con Rusia. Y volverá a pasar con el próximo conflicto si hay contratos, audiencias y patrocinadores en juego.
Infantino no es una anomalía. Es el síntoma perfecto de un fútbol convertido en industria global sin escrúpulos, donde los valores se invocan en los discursos y se olvidan en los despachos.
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