La izquierda no necesita alianzas bonitas. Necesita dejar de perder el tiempo.
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Dejar de mirarse el ombligo mientras la derecha avanza
Gabriel Rufián ha vuelto a agitar el tablero con una idea que no es nueva, pero sí urgente: una alianza de la izquierda confederal que deje de competir consigo misma mientras la derecha juega en equipo. No es una genialidad, es una advertencia. Y llega tarde, pero llega.
Mientras discutimos siglas, liderazgos y purezas ideológicas, la derecha ya entendió cómo va esto: coordinación, bloque y disciplina. Aquí seguimos explicando por qué no podemos unirnos, como si perder fuera un rasgo identitario. Mucha épica interna, poca política útil.
Sin fuerza conjunta no hay poder real
La fragmentación no es diversidad, es debilidad cuando no se transforma en acción común. La izquierda confederal lleva años atrapada en una lógica de supervivencia: existir, resistir, diferenciarse… pero no ganar. Y sin ganar, no se gobierna. Sin gobernar, no se cambia nada.
No va solo de sumar escaños. Va de recuperar iniciativa, de dejar de ir siempre a la defensiva, de hablarle a la gente de lo que le importa de verdad: alquileres imposibles, curros precarios y vidas cada vez más apretadas. Fuera del Congreso nadie entiende estas guerras internas.
Ni ERC, ni Sumar, ni Podemos pueden solos. O se construye un bloque reconocible, con objetivos claros y una mínima disciplina, o la izquierda seguirá siendo un archipiélago lleno de razón… pero sin poder.
La alianza incomoda porque dice la verdad: confundimos identidad con estrategia.
Y así no se gana.
La pregunta ya no es si se puede.
La pregunta es cuántas derrotas más hacen falta para espabilar.
#Rufián #Izquierda #Politica
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