La izquierda ha preferido el atajo moral. El resultado está a la vista: Vox no se ha evaporado. Se ha consolidado.
“Hemos hablado demasiado de Abascal y poco de por qué la gente vota a Vox. No hay un 20% de fachas en España”.
La frase desmonta una comodidad peligrosa. Señalar al adversario es fácil. Entender al votante cuesta más. Durante años, parte de la izquierda ha preferido el atajo moral: etiqueta rápida y superioridad automática. El resultado está a la vista. Vox no se ha evaporado. Se ha consolidado.
Un 20% no es una excentricidad. Es un síntoma.
Y los síntomas no se cancelan: se diagnostican.
Si millones de personas se van a otra opción, no basta con llamarlas equivocadas. Algo falla en la oferta propia. Cuando el discurso se convierte en sermón y la política en trinchera, el ciudadano medio desconecta. Nadie vota para que le den lecciones.
Y ahí aparece el problema serio: los jóvenes.
La izquierda daba por hecho que los chicos eran su reserva natural. Ya no. Muchos miran a otro lado. Otros se dejan seducir por discursos simples, directos, sin complejos. No porque se hayan radicalizado masivamente. Sino porque no encuentran expectativas reales en quienes dicen representarlos.
Hablar de identidad moviliza un rato.
Hablar de futuro paga facturas.
Si el mensaje es permanente alarma antifascista pero el alquiler sigue disparado y el empleo precario, el relato se agota. El miedo moviliza una vez. La frustración, varias.
El problema no es Vox.
Es la incapacidad de ofrecer un proyecto que ilusione más que el enfado.
Y cuando una generación deja de creer que su vida va a mejorar contigo, no te derrota el adversario.
Te derrota la irrelevancia.
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